Territorio Comanche

Título: Territorio comanche

Autor: Arturo Pérez- Reverte

Editorial: Debolsillo

Lugar de edición: Madrid

Año de edición: 1997

En Territorio Comanche, Arturo Pérez- Reverte nos describe el mundo del periodismo bélico a través de las vivencias de dos reporteros de guerra: José Luis Márquez y Barlés, que es el pseudónimo que emplea el autor para nombrarse a sí mismo. Aunque transmite la sensación de ser una autobiografía, en realidad la historia que se cuenta es ficticia.

A lo largo de seis capítulos, Reverte nos traslada a Bijelo Polje, una ciudad situada en el sur de la antigua Yugoslavia (lo que actualmente es la República de Montenegro) en los comienzos de las Guerras Yugoslavas. Allí se encuentran Barlés, corresponsal de Televisión Española, y su compañero Márquez, técnico de cámara. El puente que une lo que queda de la ciudad con el exterior está a punto de ser detonado por el ejército croata y Márquez, que tiene una obsesión especial con los puentes, no quiere dejar pasar la oportunidad de grabar el momento.

Al tiempo que narra lo que sucede en las afueras de Bijelo Polje, Pérez- Reverte va insertando anécdotas vividas por ambos corresponsales en conflictos anteriores. A través de estos relatos, el autor nos va enseñando pequeñas lecciones sobre el periodismo de guerra, que no se suelen encontrar en los libros.

La primera de esas lecciones, y quizá una de las más importantes, se presenta en el capítulo inicial. Hay un principio básico en el periodismo bélico que dice que “Más vale demasiado lejos, que demasiado cerca”. Un metro puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, por lo que es preferible que las imágenes grabadas sean lejanas a que el cámara o el corresponsal sufran daños físicos por aproximarse demasiado. Pero la guerra no se puede mostrar desde un hotel. Se le puede contar a los teleespectadores lo que está sucediendo a 100 kilómetros de distancia, en el epicentro de los enfrentamientos bélicos, pero en la televisión lo que prima es la imagen.

Hay ocasiones, sin embargo, en las el valor de las imágenes grabadas hacen que merezca la pena correr el riesgo. Esta lección se muestra en el tercer capítulo. Márquez y Barlés se encontraban en Kukunjevac, una ciudad del noreste de Croacia. Ambos periodistas acompañaban a una tropa de soldados, conocidos como cebras por su peculiar peinado, mientras desalojaban a la población y quemaban todos los edificios de la villa. Uno de los soldados prohibió a Márquez que grabara a los civiles, pero el cámara los filmó de todas maneras, disimuladamente. De esta manera lo relata Pérez- Reverte:

<<Uno de los cebras vino a Márquez para soltarle un amenazador “no pictures” cuando lo vio filmar a los civiles, así que el resto de las imágenes hubo que tomarlas a escondidas, con la cámara en la cadera y como si no estuviesen grabando nada. Barlés siempre recordaría Kukunjevac a través de las imágenes de Márquez; las que más tarde, en la sala de montaje de Zagreb, los equipos de otras televisiones acudieron a ver en impresionado silencio>>.

El quinto capítulo está dedicado a la labor de las mujeres en el periodismo bélico. Aunque muchas veces hemos oído ese tópico arcaico que dice que “la guerra es cosa de hombres”, cada vez es mayor la presencia de las mujeres en los conflictos bélicos. En este episodio, titulado Hay mujeres que tienen un par, Reverte hace referencia a numerosas periodistas con las que él y Márquez convivieron. Entre todas ellas, Reverte destaca especialmente a Corinne Dufka, fotógrafa de la agencia Reuters, a quien describe cómo “la mujer más valiente que vi nunca en una guerra” y cuyas instantáneas habían dado la vuelta al mundo.

En el sexto capítulo, Reverte relata el desenlace de la historia. Los soldados croatas detonan el puente de Bijelo Polje y Márquez, tras varias horas de espera, logra al fin su propósito. Una vez grabada la explosión del puente, los dos periodistas echan a correr para escapar del lugar, sobre el que no dejan de caer granadas.

El autor remata su novela con un final abierto: “Márquez se echó a reír con su risa de carraca vieja. Entonces se pusieron en pie y echaron a correr por la carretera”. De manera que nos deja con la intriga de saber si los dos periodistas lograron salvarse o no.

Arturo Pérez- Reverte define el título de su novela, Territorio comanche, de esta manera:

<<Para un reportero de guerra, ése es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta. El lugar donde los caminos están desiertos y las casas son ruinas chamuscadas; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando. Donde no ves los fusiles, pero los fusiles sí te ven a ti>>.
Ser un buen reportero bélico requiere de mucho valor y osadía para enfrentarte a las situaciones que te puedes encontrar. No todos los periodistas son capaces de soportar las imágenes que se repiten en cada guerra: miles de personas sin hogar, porque una bomba ha destruido sus casas; cadáveres de niños inocentes que se encontrar en el lugar equivocado en el momento equivocado; centenares de heridos abandonados a su suerte en ciudades arrasadas, y muchas otras escenas similares. En el capítulo cinco Reverte nos habla de lo que es el horror, el verdadero horror:

<<El horror puede vivirse o ser mostrado, pero no puede comunicarse jamás. La gente cree que el colmo de la guerra son los muertos, las tripas y la sangre. Pero el horror es algo tan simple como la mirada de un niño, o el vacío en la expresión de un soldado al que van a fusilar>>.

 

Pero hay otro elemento que debe tener un reportero de guerra: la dedicación. Es importante que te guste el trabajo que estás realizando. La labor de un periodista es informar con todas las consecuencias que ello suponga, especialmente cuando te encuentras en medio de un frente de batalla. En Márquez y Barlés apreciamos una gran afición por este mundo de periodismo bélico, algo que ellos mismos no dudan en reconocer.

Andrea Fernández Suárez

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