Pongamos que hablo de…

Autor: Ryszard Kapuściński
Título: El mundo de hoy

Lugar de edición: Barcelona

Año de edición: 2004

Editorial: Anagrama

El mundo de hoy, aporta retales del pasado con una carga de emociones considerables. No es más que la puesta en común de trozos de páginas, de tela, de libros anteriores. Una ensaladilla polaca con los mejores ingredientes. Es como un collage de las mejores fotos de Ryszard Kapuscinski. Periodista, escritor e historiador desde tiempos remotos, muerto ya el pasado 2007.
Pero, ¿y si pudiéramos hacerle una entrevista a Kapuscinski, qué le diríamos? Leemos este libro, acabamos con sus páginas devorándolas casi y… ¿qué le preguntaríamos? Preguntas inventadas con la respuesta sacada de El mundo de hoy son los cimientos de este trabajo.

1. Karla Barca: ¿Cómo nota tu cuerpo o como esquiva los dolores y las heridas de todas esas experiencias que vivmos a través de tus libros? Si es que logras esquivarlas…

Ryszard Kapuscinski: Todo periodista que regresa a casa de “aventura” semejante no sólo trae un bloc lleno de notas sino a menudo también secuelas y cicatrices de heridas físicas y psíquicas. Es un soldado en el más literal de los sentidos. No porque pegue tiros (cosa que no debe de hacer) sino porque apoya a los que luchan por salvar sus vidas.

2. K.B: Vas andando por las calles y de repente te cruzas con un viejo alumno que se acaba de graduar en Ciencias de la Comunicación, os paráis a charlar y termina preguntándote: Ryszard, ¿cuál es la llave de un reportero para conectar con el mundo?

R.K: Supongo que le diría que los buenos reporteros son personas modestas, respetuosas con el otro y capaces de mostrar esta actitud en todo momento. La vida y los frutos de su trabajo dependen de lo que oiga de otros labios y de lo que por él hagan otras personas. En mi opinión, humildad y empatía son los rasgos fundamentales para ejercer este oficio.

3. K.B: Reportero y escritor, escritor y reportero. Has ido enlazando ambas para que fuesen en todo momento de la mano, sin soltarse. Pero si por un momento tuviesen que separarse, ¿cuál crees que lo haría primero? ¿Y cómo?

R.K: Siempre me produce desasosiego la convicción de lo irrepetible de una experiencia, cosa que a veces me obliga a escoger: o dedico el tiempo a partir de un momento determinado a escribir un reportaje o lo aprovecho para charlar con dos o tres personas que tienen que enseñarme y a las que nunca más tendré opción de encontrar. Se ve que es una tentación más fuerte que la escritura. Aún así, duermen en mi interior relatos que esperan su momento para ser trasladados al papel.

 4. K.B: ¿Crees que existen diferencias entre reportaje y reportaje? O es que al fin y al cabo, todo viene a ser una radiografía de la sociedad desde el corazón hasta las entrañas?

R.K: Desde luego deberían de distinguirse claramente dos tipos de reportaje. El primero, circunstancial y basado en la información del día, se queda en la superficie de lo que ocurre ante nuestros ojos. Por fuerza tiene que quedar adscrito al dominio mediático, cuyo destinatario medio percibe la realidad circundante. El reportaje del segundo tipo debería de sacar una reflexión generalizadora del constante alud de acontecimientos, intentar dotar de cierta lógica lo que a primera vita parece ilógico y encontrar esas reglas que a pesar de todo, rigen lo que a primera vista no parece más que un caos y anarquía en estado puro.

5. K.B: Has viajado a lugares que puede que ni aparezcan en el mapa, has estado rodeado de miles de clases de personas, instituciones, maneras de sentir, vivir y pensar. Has escrito sobre lo que has visto. ¿Quién te lo cuenta¿ ¿Cómo son esas fuentes, cómo es esa retro alimentación?

R.K: Para mí, la primordial fuente de información se encierra en esa profunda sensación que experimenta uno cuando se sabe rodeado de personas que lo tratan como a uno más, como alguien próximo; cuando todos somos iguales: ellos me tratan como tú a tú, igual que yo a ellos. De esta manera consigo enterarme de mucho más que si les preguntase cuánto ganan al mes. ¿Qué más da si son dieciséis rublos o dieciocho? Lo importante es que son pobres, muy pobres. El reportero refleja la cultura que lo rodea.

6. K.B: Cambiando un poco de tercio, y dejando un instante ese amor innato por las gentes, ¿qué sucede con la novela? ¿Dónde está en las páginas que el lector lee? ¿Es que le tienes resquemor, respeto, o indiferencia?

R.K: Nunca he tratado de escribir novelas porque no tengo ese tipo de talento. No sé como se escribe una novela, como tampoco una obra teatral. Es curioso: muchos de mis libros están adaptados al teatro, pero yo nunca he podido desarrollar una pieza teatral original. Soy un pobre reportero que, desgraciadamente, carece de la imaginación de un escritor de ficción. En una librería en Nueva York encontré mis libros colocados en siete secciones diferentes. Y no me pareció mal, me alegro comprobar que no resulta fácil clasificar mi escritura.

7.  K.B: Caminas, andas, corres y viajas por y para las personas. A través de ellas vives todo lo que necesitas y lo respiras hondamente. Muchas culturas y subculturas en donde la tolerancia es un factor determinante. Desde luego para ti no es difícil pero, ¿realmente toleramos?

R.K: Existe una escuela de pensamiento según la cual “toleramos” conlleva pasividad hacia otro. El hecho de que tolero a alguien tan sólo significa que no lo combato, y en absoluto que busco entablar en él un diálogo. Los adeptos de esta escuela consideran que la tolerancia es un grado inferior del contacto interhumano, que ese contacto debería de ser más activo: salir al encuentro del otro e intentar comprenderlo. Tolerancia no necesariamente tiene que significar comprensión: toleramos la presencia de una comunidad en nuestra ciudad, pero no nos interesa por qué valores se rige ni qué representa. Falta lo fundamental: la comunicación, el diálogo.

María Karla Barca

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