La literatura escondida tras los titulares

Título: Manual para cuentistas. El arte y el oficio de contar historias

Autora: Teresa Imízcoz.

Año y lugar de publicación: 1999. España.

Editorial: Ediciones Península.

No hay nada nuevo bajo el sol. Estas son las palabras que emplea Teresa Imízcoz en un determinado momento del libro mientras desarrolla una de sus explicaciones. Podríamos decir que esta obra, “Manual para cuentistas”, es definible también con esa breve frase. No es nada negativo; la autora simplemente se ha decantado por exponer de una manera clara y ordenada aquellos elementos necesarios para construir una realidad en el papel. No nos dice nada nuevo que no hayamos escuchado antes, pero eso no implica que no sea de utilidad. Y con esto me refiero también a periodistas.

Nos habla de imaginación, de verosimilitud, de sensibilidad… así como de los cimientos de la narración, pero sin limitarnos a un único camino ni a unas pautas inflexibles.

 Cada ficción es una ventana abierta al mundo,

un modo distinto de enfrentarse a la vida.

De esta manera, nos encontramos con un libro dividido en dos partes.

La primera, “Por el camino de la escritura”, nos da los ‘ingredientes’ básicos para elaborar nuestra creación literaria. Imízcoz no se centra en una manera estricta de poner estas destrezas en juego, sino que nos previene del incorrecto uso de las mismas. Así pues, nos advierte de ciertos errores que podrían romper la verosimilitud de la historia y, por tanto, la credibilidad de la misma. Nos habla también del falso concepto que se tiene de la inspiración. Los buenos escritores no nacen de la inspiración, sino del esfuerzo, la insistencia y el trabajo constante.

La segunda parte, “La creación de las historias”, está más enfocada a la estructura de la narración. El despertar interés en el lector y la dosificación del mismo, el tratamiento de los personajes a medida que avanza la trama, el conflicto, el clímax, el final… Así como la armonía entre el tema que tratamos y nuestra manera de expresarlo. Esa larga lista que compone la creación literaria, las pisadas que siguen los escritores habitualmente, pero dándole, al margen de eso, personalidad al relato y haciéndolo distintivo en comparación con los demás. O al menos eso sería lo ideal.

 

Hasta el momento empleamos constantemente el término de “creación literaria” u otras expresiones relacionadas con ésta. Pero en el libro se hacen también continuas referencias a la relación entre literatura y periodismo, remarcando que la principal diferencia entre ambas está en que el primero trabaja con hechos ficticios mientras el segundo lo hace con hechos reales. Pero no es sólo eso. Con la lectura de este libro podemos caer en la cuenta de que realmente no hay tanta diferencia entre la elaboración de unos y de otros. Ponemos, por ejemplo, el comienzo y el final de ambos textos. Tanto aquellos que sean publicados en un periódico como los que llenan las estanterías de una librería. Todos necesitan un principio interesante, que lleve al lector a recorrer las siguientes líneas, y un final que guarde aquellos datos de mayor relevancia, al menos si hablamos de las noticias que siguen una estructura de pirámide invertida. Está claro que existen matices que diferencien a unos y otros, como por ejemplo los límites espacio-temporales. Pero el despertar interés en el lector, el mantener la credibilidad en todo momento, la necesidad de una coherencia interna, la importancia de los personajes, la existencia de un tema central hacia el que todo converge… ¿A caso todas esas características no pertenecen a la literatura y al periodismo?

Hay quien niega que el periodismo y la literatura tienen esta estrecha relación de la que hablamos. No quiero romper con la supuesta imparcialidad que caracteriza a nuestra profesión, pero supongo, con toda la subjetividad que esto implica, que todo depende de cómo el periodista enfoque su actividad y cómo la lleve a cabo. Porque no, desde luego “copiar y pegar” no se considera literatura.

Pensar en la historia, en cada historia, en lo que ella pide.

Seguirla de cerca, meterse dentro y no imponerle nada desde fuera.

Arantxa Álvarez Bao

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