El territorio de la ambiguedad

 

Autor: Manuel Rivas
Título: A man dos paíños
Lugar de edición: Vigo
Año de edición: 2000
Editorial: Edicións Xerais de Galicia

 

El lector de A man dos paíños emprende a lo largo de su lectura un viaje, desde Londres, Inglaterra, a La Coruña, Galicia. Su medio de transporte son las palabras del autor del libro, Manuel Rivas. A mitad del trayecto el lector ralentiza su paso por unos instantes, disfrutando así de unas amplias vistas a paisajes fotografiados, también obra de Rivas. Estos instantes fotográficos no son tanto para el descanso del lector -la corta extensión del libro no lo requiere-, si no más bien sirven como un corredor entre dos esferas: la esfera de la imaginación y la esfera de la realidad. Y es que el lector de A man dos paíños que viaja de Reino Unido a España, a su vez emprende otro viaje que parte del mar de la ficción para arribar en la tierra firme -o no tan firme- de la realidad. Nadie en el libro -ni siquiera el propio autor- avisa de esta desviación inesperada en la aventura del lector. Sólo unas fotos que se encuentra en medio del camino le pueden ofrecer alguna pista. Fotografías que materializan los espacios que hasta su captura por la cámara de Manuel Rivas sólo se habían manifestado en palabras.

Como transportista del lector por estos espacios -Londres y La Coruña, entre el mundo real y el imaginario- Rivas echa mano tanto de sus habilidades como cuentista y novelista, como de sus aptitudes periodísticas. Conocimientos todos que en cualquier ejercicio de periodismo o de narración ficticia, se pueden complementar y apoyar. Esto sólo puede venir dado porque se complementan y se apoyan los mismos materiales sobre los que aplica sus conocimientos el periodista -la realidad- y el novelista -la ficción-. La fusión entre ambas materias puede ser tan sutil que el lector de la obra periodística o novelística desconozca si se encuentra en un paradero fruto de la imaginación o de hechos empíricos. Así se puede encontrar el lector de A man dos paíños.

El lector de A man dos paíños está inmerso en un viaje por estos territorios ambiguos, que trascienden las fronteras del Reino Unido, de España, o de cualquier otro país. Pero esta experiencia, más que dar pie a la desorientación, alienta al lector a una mayor comprensión del mapa que Manuel Rivas ha trazado con las vivencias de los protagonistas de su libro. El lector comprende mejor las vidas contadas en A man dos paíños porque éstas, como el lector, también se encuentran en territorios ambiguos…

La emigración y el naufragio son estos territorios indefinidos por los que transcurren las vidas de los protagonistas. Lugares para estar de paso, para vivir sin puntos cardinales. Dos situaciones que han definido y definen el imaginario gallego, del cual surgen todos los personajes de A man dos paíños. Castro, Ruán y Regueiro: gallegos emigrantes, residentes londinenses. Ellos y sus retratos por Rivas hablan por todos los emigrantes -de la melancolía del recuerdo, de la incomprensión, del estar y no estar- con apreciaciones tan sensibles y cercanas que parecen reales. Xoán Xesús Piñeiro, Avelino Lema, Benito Silva, Ramón Seoane, Xosé Luis Silva, Eliseo Mato, Antonio Mato y Lino Pastoriza: los naúfragos del mar, con nombres y apellidos, con fechas, y con sus ocho historias tan increíbles que parecen ficción.

Reales o no, son historias que cargan de melancolía y marcan con la muerte el viaje del lector. Estos relatos dentro del relato pintan una muerte azarosa, que calla historias al azar, como caen por los agujeros las bolas del billar que es jugado en el pub londinense donde se reúnen Castro, Ruán y Regueiro. Es una muerte tan azarosa e insistente como el ritual para evitarla y que recoge Rivas en A man dos paíños: cuando cada año nuevo se echa el pan recién hecho por los peñascos, al hambriento mar gallego, con la esperanza de salvar la vida de algún marinero.

Pero como en toda buena historia, hay héroes, aunque su heroísmo consista únicamente en sobrevivir, como aquellos náufragos que vivieron para contarlo y acabar en este libro. Como quienes se enfrentan a la tierra de nadie y encuentran en ella un hueco. Manuel Rivas recoge todas estas historias en sus relatos y fotografías, haciendo de A man dos paíños un gran ejercicio de memoria que supere los vacíos que han dejado náufragos y emigrantes. Pero dentro de esta macro-bitácora, cada personaje del libro lleva a cabo su propio ejercicio de memoria personal, no siempre con resultados positivos. Algunos añoran de tal modo que sucumben al pasado, “una forma malsana de melancolía”, como precisa Castro, marinero gallego, camillero inglés. Él no se deja vencer por la irracionalidad del recuerdo: “a miña patria é un hospital”. Él recuerda para vivir, es el héroe de la historia. El “guía na bandada emigrante”. El personaje que bautiza este libro. En cierto modo, Castro también es un paiño, el pájaro negro que lleva tatuado en la mano: el ave marina más pequeña de Europa, pero el único del mundo que se atreve a ir tan lejos de la costa, sólo posando en tierra firme para anidar.

A través de Castro y sus compañeros, Rivas se acerca a la emigración gallega más reciente, de la segunda mitad del siglo veinte, motivada por una visión del exterior como el alivio a los rigideces de la dictadura y de la España pobre. Una emigración desprovista de la morriña más romántica, una emigración que habla así: “Quérolle á miña nai, que é o que me queda alá, quero os meus mortos, quérolle á casa da figueira, que xa non existe, quérolle ao mar do Orzán, queros as lembranzas, boas o malas, pero non me pidas que ame o meu país. O meu país é o lugar onde traballo e me teñen lei.” A través de estas palabras del imaginario Castro, Manuel Rivas inserta la idea de una memoria positiva, que acompaña y ayuda a orientarse en su deambular al desorientado.

Además de esta memoria positiva, en la anterior cita de Castro, Rivas rinde cuenta de otro apoyo de los personajes perdidos de A man dos paíños: las personas que les rodean. Castro recuerda a sus seres queridos en Galicia junto a sus semejantes en Inglaterra: sus compañeros de trabajo, amigos juntados por el denominador común de la condición de inmigrante. Quizás por nada más. La incomprensión también se alza, inevitable, en el reino de lo extraño. “Decátaste de canta xente hai en Londres que fala soa?, dixérame Castro un día. Ao mellor tamén se refería a nós. A el. A min.” Los marineros también son incomprendidos en su propia tierra. A Lino Pastoriza nunca se le olvidará el día que, tras sobrevivir a un naufragio que se llevó la vida de veintisiete marineros, le dijera un coterráneo: “los marineros tenéis el cerebro de una hormiga.” Ellos, los pescadores y demás aventureros marinos, son los que más deben solidarizarse entre ellos con tal de llevar a buen puerto su largo desafío al mar y a la vida. En dos cuatro de octubre de distintos años, Antonio Mato perdió varios amigos a merced del mar. Afirma sentir escalofríos insoportables cuando llega ese día.

Historias como éstas llevan a Manuel Rivas a afirmar: O náufrago superviviente séntese para sempre unido aos que se foron. É un sentimiento especial, fronteirizo, que non se pode compartir. En A man dos paíños, el lector estará más cerca de los que se fueron, debajo -o sobre- el mar; de los naúfragos y emigrantes, esos habitantes temporales de espacios fronterizos. Manuel Rivas entrelaza las historias de estos seres trazando un mapa por el que conduce temporalmente al lector por un territorio también fronterizo, entre la ficción y la realidad. Un mapa sin fronteras, pero no por ello sin explorar -entre las líneas de A man dos paíños- lo esencial, permanente, atemporal, de las gentes de un pueblo, Galicia.

Úrsula Neilson

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