Ingeniero de verdades

Título: Un mundo feliz

Autor: Aldous Huxley

Editorial: Debolsillo

Lugar de edición: Barcelona

Año de edición: 2009

El director abrió una puerta. Entraron en una vasta estancia vacía, muy brillante y soleada[…]Media docena de enfermeras[…] se hallaban atareadas disponiendo jarrones con rosas en una larga hilera, en el suelo.[…]

Cuando el D.I.C. entró, las enfermeras se cuadraron rígidamente.

-Coloquen los libros -ordenó el director.

En silencio, las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los libros fueron debidamente dispuestos: una hilera de libros infantiles se abrieron invitadoramente mostrando alguna imagen alegremente coloreada de animales, peces o pájaros.

-Y ahora traigan a los niños.

Las enfermeras se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos minutos; cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto[…] Todos eran exactamente iguales (un grupo Bokanovsky, evidentemente) y todos vestían de color caqui, porque pertenecían a la casta Delta.

-Pónganlos en el suelo.

Los carritos fueron descargados.

-Y ahora sitúenlos de modo que puedan ver las flores v los libros.

Los chiquillos inmediatamente guardaron silencio, y empezaron a arrastrarse hacia aquellas masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en las páginas blancas. […]. De las filas de críos que gateaban llegaron pequeños chillidos de excitación, gorjeos y ronroneos de placer. El director se frotó las manos.

-¡Estupendo! -exclamó-. Ni hecho a propósito.

Los más rápidos ya habían alcanzado su meta. Sus manecitas se tendían, inseguras, palpaban, agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas iluminadas de los libros. El director esperó verles a todos alegremente atareados.

Entonces dijo:

-Fíjense bien.

La enfermera jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos, al otro extremo de la sala, bajó una pequeña palanca. Se produjo una violenta explosión. Cada vez más aguda, empezó a sonar una sirena. Timbres de alarma se dispararon, locamente. Los chiquillos se sobresaltaron y rompieron en chillidos; sus rostros aparecían convulsos de terror.

-Y ahora -gritó el director (porque el estruendo era ensordecedor)-, ahora pasaremos a reforzar la lección con un pequeño shock eléctrico.

Volvió a hacer una señal con la mano, y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los chillidos de los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo desesperado, algo casi demencial, en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban bruscamente, como obedeciendo a los tirones de alambres invisibles.

-Podemos electrificar toda esta zona del suelo -gritó el director, como explicación-. Pero ya basta.

Aldous Huxley nos transporta a un mundo nuevo, un mundo feliz. Al menos eso piensa el lector, ingenuo, cuando compra el libro y ve la portada. ¡¿Qué estoy leyendo?! Muchas novelas distópicas han caído en mis manos, pero esta es la más impactante de todas. La igualdad, la felicidad, la libertad. Todos queremos ser libres y felices. Decimos que todos somos iguales. El fragmento reproducido narra una escena del inicio del libro, una escena que, para los lectores que no hayan leído el resto, puede resultar tenebrosa, oscura. Es la escena donde se le impone a los niños terror por la literatura y la naturaleza, pavor por el ocio, por el tiempo libre. Son niños que antes de existir ya habían sido pensados para trabajar en una cadena de montaje en condiciones infrahumanas.

No es el objeto de este trabajo destripar la novela. Pero sí dar mi opinión. Como cualquier novela distópica, “Un mundo feliz” pretende exacerbar los peores valores de las sociedades del momento en que fueron escritos. Pretender ser un aviso de en qué se convertirá el mundo si se sigue por esa vía. Lo hizo George Orwell en 1984 (que trataré en otro trabajo), Ray Bradbury o William Golding. Y menudo aviso. Con la lectura de estas obras, se descubre que, en muchos casos, ciertos aspectos se acercan a la realidad.

Pero no es el caso de “Un mundo feliz”, donde se plantean temas que a día de hoy se siguen tratando con mucho respeto. La moral y la ética son tema de discordia cada vez que se plantean temas científicos. Paul Feyerabend ya proponía que la ciencia no debería verse afectada por la ética; el fin justifica los medios. A día de hoy, aun es imposible la extracción de células madre desde los fetos, así como investigar en clonación humana. Son temas que, aunque mejorasen nuestra vida, no están exentos de polémica.

¿Cual es la perspectiva de un periodista ante la ética y la moral? La labor del periodista, que pretende ser lo más objetiva posible, conlleva de suyo la opinión y la moral propia del periodista. Pero en ocasiones, esto no llega; ciertos temas deben ser tratados con más cuidado que otros. Desde Intereconomía explicando como Pepsi añade fetos a sus bebidas hasta La muerte de Gadafi, pasando por violaciones y maltratos. Cada palabra supone un pilar esencial en la pluma del periodista, que ve constantemente encima de su cabeza la espada de Damocles, que acabará con él cuando traspase la mínima barrera de lo inmoral. Los periodistas somos los ingenieros de la literatura, sabemos dónde colocar las piedras para decir exactamente lo que debemos decir. Al fin y al cabo, nuestra labor es informar. Somos ingenieros de verdades.

Jorge Bravo Fernández

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