Nunca los matices dieron tanto que hablar

Título: El arte de la ficción

Autor: David Logde

Editorial: Península

Lugar y año de impresión: Barcelona, 1999

Es evidente que, muchas veces, la sencillez y la claridad atraen  más que un texto lleno de tecnicismos literarios y frases de seis líneas cuyo significado es inentendible a no ser que se lean dos veces. Es algo que yo he agradecido especialmente a David Lodge cuando terminé de leer “El arte de la ficción”. Cuando se me dio la posibilidad de analizar un libro de crítica literaria el hecho de que se tratase de una obra demasiado teórica y técnica me acobardó bastante. Por suerte, y para mi sorpresa, no se trataba de un libro para escritores. No era un tutorial de estilos, no es un libro para enseñar a relatar. La función que Lodge adoptó no es didáctica, si no aclaradora.

Aclaradora en el sentido de que consigue acallar las dudas que a muchos nos surgen a la hora de escribir. El si todo vale, o hasta dónde es correcto llegar cuando nos creemos capaces de innovar.

No está nada impuesto, las obras no siempre están estructuradas en capítulos de tamaño semejante; no siempre se dividen en principio, nudo y desenlace y no son “obligatorios” los diálogos estándar entre los personajes.

A través de un lenguaje fluido, Lodge consigue atraer al lector hacia un libro carente de argumento novelístico. “El arte de la ficción” consiste en una recopilación de artículos de crítica literaria que Logde escribió para que fuesen publicados como suplemento cultural en un prestigioso periódico Londinense.

 El libro se divide en cincuenta capítulos, cada uno referente a cada una de las críticas publicadas, compartiendo todos una misma estructura. Encabeza cada capítulo un fragmento de un libro de un autor inglés. A continuación, David Logde realiza una crítica de aquello a lo que haya sido dedicado el capítulo. Son críticas cortas y directas, que muchas veces vienen acompañadas de referencias a otros autores que comparten costumbres con el autor o que, por el contrario, realizan lo opuesto.

No todos os capítulos están orientados a criticar cosas banales y previsibles, como un título, o los tipos de narrador. Muchos tratan de asuntos que marcaron un antes y un después en la literatura, como el nacimiento de la “novela de no ficción” gracias a Truman Capote.

Este apartado recibe el nombre de “Novela basada en hechos reales”, trata de una manera destacada la novela, “A sangre fría”, cuya documentación está basada en un profundo proceso de investigación que Truman Capote realizó sobre el brutal asesinato de una familia a manos de dos psicópatas. Tras ello, escribió dicha obra, portadora de un estilo narrativo muy minucioso, que puso de moda una narrativa documental.

Algo que me llamó especial atención en “El arte de la ficción”  fue que su autor dedicase un capítulo íntegro a la transcripción de conversaciones telefónicas en clave de diálogo entre los personajes, de la obra “Un puñado de polvo”, de Evelyn Waugh. Se trata de un momento en el que el narrador adopta una postura de distanciamiento con respecto a los protagonistas de la tertulia, dejando la escena a merced de la conversación telefónica. Otro capítulo completo se le dedica a la elección de los nombres. Algo que a simple vista carece de importancia ya que, asociándolo a la vida real, se trata de una decisión que han tomado nuestros padres y que no influye en absoluto en nuestra personalidad.

En la ficción, los nombres tienen connotaciones que, a simple vista no se perciben, pero que caracterizan al personaje, proporcionándole fuerza o delicadeza. Según Lodge, “los nombres nunca son neutros”, se encarga de demostrarlo tomando a un personaje de su obra “How far can you go?” llamado Vic Wilcox. Fragmenta su nombre y nos demuestra que cada sílaba hace referencia a una palabra que lo caracterizaba.

Muchos de estos capítulos han despertado la curiosidad de leer libros que desconocía, la intriga de saber cómo continúa el texto que el autor tomó como referencia.

En uno de ellos Logde afirma “Sea cual fuere la definición que uno dé, el comienzo de una novela es un umbral, que separa el mundo real del mundo que el novelista ha imaginado. Debería pues como se suele decir, arrastrarnos”, al menos, conmigo lo consiguió.

Raquel López Martínez

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