El Nuevo Periodismo, una dosis de libertad para el autor

Título: El nuevo periodismo
Autor: Tom Wolfe
Editorial: Anagrama
Año de edición: 1977
Lugar de edición: Barcelona

«—¡Hola, querida! —gritó Joe Louis a su mujer, al verla esperándole en el aeropuerto de Los Ángeles.

Ella sonrió, acercándose a él, y cuando estaba a punto de empinarse sobre sus tacones para darle un beso, se detuvo de pronto.

—Joe, ¿dónde está tu corbata? —preguntó.

—Ay, queridita —se excusó él, encogiéndose de hombros—. Estuve fuera toda la noche en Nueva York y no tuve tiempo…

—¡Toda la noche! —cortó la mujer—. Cuando estás ahí, lo que tienes que hacer es dormir, dormir y dormir.

—Queridita —repuso Joe Louis con una sonrisa fatigada—. Soy un hombre viejo.

—Sí —concedió ella—. Pero cuando vas a Nueva York, quieres ser joven otra vez. »

 

Joe Louis: el Rey hecho Hombre de Edad Madura, Squire, 1962.

Así comenzaba un artículo publicado en un ejemplar de la revista Squire en 1962. No parecía en absoluto el típico artículo periodístico; el tono, más bien íntimo, la escena, el diálogo era propio de un relato. -¿Qué demonios pasa?- se preguntó Tom Wolfe al terminar su lectura.

Si hablamos del Nuevo Periodismo, sin duda, debemos hablar de él, de Wolfe. Norteamericano, periodista y transgresor.

A mediados del siglo XX, en Nueva York, la información era un producto. Los periódicos, fábricas de pasteles. Todo un tributo al capitalismo en estado puro: creación de noticias por doquier, competitividad, venta, dinero. Fue la época de un Heminway o un dos Passos ocultos en el tumulto caótico y asfixiante de la redacción de un gigante neoyorkino, como el New York Times o el Herald Tribune.

Por aquel entonces, otro género eclipsaba las esferas intelectuales de Nueva York: la novela. Se había convertido en “El Género”. No era una simple forma literaria, era un fenómeno de masas, otro gigante y, por supuesto, las mieles del éxito estaban reservadas exclusivamente para aquellos “afortunados”,  los novelistas. El periodismo ocupaba un segundo plano, la segunda división.

Fue al comenzar la década de los años sesenta cuando irrumpió en el panorama de la época una nueva forma de expresión literaria, algo totalmente nuevo y a la vez clásico que conseguiría destronar a la novela y mantenerse en vilo hasta nuestros días. Algo transgresor, salvaje, cautivador. Algo que pronto sería etiquetado como un movimiento, como “El Nuevo Periodismo”, muy a pesar de Wolfe.

Este nuevo concepto literario le aportaba al reportaje, a la crónica una dimensión estética a la que nadie estaba acostumbrado. Se trataba de reunir la veracidad de un reportaje y los detalles ambientales, el análisis de los personajes, en definitiva, los detalles novelísticos y fusionarlos.

Traspasaba los límites convencionales del periodismo. El periodista se introducía de lleno en lo que narraba, profundizaba, se sumergía en los personajes, en los hechos, en los escenarios, en los pequeños detalles cotidianos, en gestos, en miradas. Pretendía plasmar ante el lector el interior de los personajes y que observara, así,  la historia desde dentro. Redundantemente, el objetivo del Nuevo Periodismo era la objetividad. Un realismo atroz contado a modo de cuento.

Se trataba de romper los moldes del periodismo. No solo en el contenido sino en la técnica. Todo valía; la cuestión era quebrantar las reglas, crear un nuevo periodismo, una nueva visión de éste.

Puede que la obra A sangre fría de Truman Capote sea una de las mejores representantes de esta nueva perspectiva.

La historia de la vida y la muerte de dos criminales que exterminaron a una acomodada familia de granjeros de Kansas apareció de forma seriada en el periódico Te New Yorker, en 1965 y se publicó como libro un año después, en 1966. Causó sensación, causando un golpe terrible a todos aquellos que confiaban en que el Nuevo Periodismo se extinguiese por sí solo con la misma rapidez que se expandió.

El Nuevo Periodismo era ya una realidad. Había llegado para quedarse y Tom Wolfe fue uno de los mayores responsables. Con esta obra, en cierto modo de carácter autobiográfico, el autor repasa su trayectoria profesional desde su nocturna y bohemia juventud hasta su madurez; acompañándola de altas dosis de anécdotas y numerosos textos ajenos relacionados. En ella, Wolfe profundiza en la llegada de esta nueva tendencia (si puede ser considerada de este modo) a nuestros días.

Esta nueva concepción literaria supuso algo más en la historia del periodismo de lo que se creía por aquel entonces. Supuso un antes y un después a la hora de escribir, de informar. Una nueva forma de  transmitir, de difundir, de crear. Se rompieron los sólidos muros que aislaban al periodismo del resto de géneros literarios de la época y se creó una amalgama de formas de narrar, una dosis de libertad para el autor.

Andrea Bouza Veiga.

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