Autor: Bernhard Schlink
Título: El lector
Lugar de edición: Barcelona
Año de edición: 1997
Editorial: Anagrama

Bernhard Schlink, profesor de leyes y juez alemán, asume en esta novela un compromiso doble: por un lado, se centra en la historia de amor entre Hanna y Michael y en cómo, a pesar de los casi 20 años de diferencia entre ambos, inician una relación sentimental que evoluciona desde esporádicos encuentros sexuales hasta episodios más propios de una pareja consolidada que de dos amantes.

En la segunda parte del libro, Schlink deja atrás el tono romántico para adoptar otro más político e histórico. Así, nos narra una historia humana a la vez que encarna la realidad más cruda del Tercer Reich. Años después de que Hanna desapareciera de su vida, Michael, que cursa ahora la carrera de Derecho, asiste a un juicio en el que se condenan crímenes del nazismo. Hanna está sentada en el banco de los acusados por pertenecer a las SS en Cracovia y, en particular, por haber sido responsable de la muerte de un grupo de mujeres quemadas en una iglesia. El Tribunal aporta una prueba fundamental que demostraría la culpabilidad de la mujer: un informe, supuestamente redactado por ella. Es éste el punto de la historia que más me ha llamado la atención. Hanna es analfabeta, no sabe leer ni escribir y, por lo tanto, es imposible que ella escribiera ese informe. Reconocer su analfabetismo podría bastar para que la exculparan o, al menos, atenuaran su condena. No obstante, ella decide no revelar a nadie su secreto y asumir toda la culpa de la redacción del informe. Sabe que lo más probable es que pase el resto de su vida entre rejas y aún así no aporta ese dato, decisivo en la valoración de las pruebas. Me llama la atención hasta qué punto Hanna decide sacrificar su libertad sólo por no perder parte de su dignidad, cómo prefiere vivir durante años encerrada en una prisión antes de admitir su analfabetismo.

A partir de esta situación surge otro dilema moral. Michael, que asiste a todas las sesiones que dura el juicio, reflexiona y llega a la conclusión de que Hanna no sabe leer ni escribir. Los episodios vividos con Hanna años atrás, en los que ella le mandaba leerle libros durante horas todos los días antes de sus rituales amorosos, arrojan luz sobre este descubrimiento. Michael ata cabos y llega a la verdad. Se enfrenta ahora a otro dilema moral: ¿debería ir a hablar con el juez y explicarle que Hanna es analfabeta y, por tanto, inocente de la redacción del informe? ¿o debería respetar la decisión de Hanna y guardar silencio, aún sabiendo que la decisión del juez perjudicará a Hanna y la privará de su libertad durante gran parte de su vida? ¿también él estaría, en cierta manera, privando a Hanna de su libertad si acude a hablar con el juez y le confiesa su secreto? La temática histórica va perdiendo fuerza de nuevo en detrimento de este dilema más moral o ético que meramente judicial. Una historia humana en el contexto de un juicio por los horrores del Tercer Reich.

Otro de los temas centrales de la novela que más ha llamado mi atención es el conflicto generacional de los jóvenes que vivieron en el post-nazismo con sus padres. Las conversaciones entre los personajes de la novela nos muestran la conciencia extendida entre los jóvenes germanos en los años 50: lo sucedido en Alemania no había sido culpa de unos pocos, no era responsabilidad de cuatro o cinco iluminados sino que había sido necesaria la implicación de muchos y el colaboracionismo de otros tantos. De esta manera Schlink aborda el tema del nazismo, tan manido ya en la literatura y el cine, pero dándole un enfoque que incluye elementos innovadores, al tiempo que mezcla la Historia como tal con distintas historias humanas que nos hacen observar la primera desde otros puntos de vista y reflexionar ante situaciones y planteamientos tan aparentemente simples como difíciles de resolver.

Isabel Rodó Mena

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