La ironía, el sarcasmo, Madrid y París

 

Título: La guerra, los toros, Cuba, África y mi mujer.

Autor: Hemingway, Ernest

Año de edición: 1997

Lugar de edición: Madrid

Editorial: Temascinco

He viajado en 185 páginas por Cuba, Nueva York y el Greenwich Village. Me he dado un paseo desde el Quai a la Rue Bonaparte y la navideña Rue Jacob para tomarme un tentempié en el Café Rotonde. He descansado en el Hotel Florida y he aprendido que los giros de capote de un torero se llaman verónica. También he tenido que pagar cinquenta pesetas para ver una corrida de toros,que de las baratas de doce pesetas ya no quedaban. Una pena. Entre paseo y paseo me he quedado sedienta de arte en el Museo del Prado con tanto Greco y tan poco Velázquez y mitología griega o El Bosco y su jardín delicioso.

Creo que hay autores sobrevalorados, subestimados y también infravalorados. Tras las páginas de La guerra, los toros, Cuba , África y mi mujer, he llegado a una conclusión que porqué no compartir. Con ciertos autores de gran renombre la clave para saborear sus páginas y tener una buena digestión o por el contrario vomitarlas, se halla no muy escondida. Debemos de dejar en el cajón de la mesilla el nombre y el apellido. Olvidemos por un instante que La guerra, los toros, Cuba, África y mi mujer es del aclamado Ernest Hemingway y valoremos lo que contienen las páginas. Para mi sorpresa grata, me encontré con un aroma cercano con muchos toques de humor que le llamo yo inteligente e ironía. Le adjudicó a sus personajes motes como el Rey de la botella de Ginebra o el Maestro. Junto con este personaje encontramos a un cronista que hace el papel de sarcástico,y sino compruébenlo ustedes mismos en una frase sacada de La guerra, los toros, Cuba, África y mi mujer en donde el cronista le dice al Maestro que si no se pega él el tiro, vaya a verle y lo haré él mismo.

Este libro, una recopilación de sus mejores reportajes y una visión panorámica de su opinión me ofrecieron frescura y ansias por conocer a un escritor que le tenía un poco en el olvido. Su pasión por los toros, inculcada por su gran maestra y única a la que le enseñaba sus obras Gertrude Stein. Y es que Hemingway decide ir a las corridas de toros, y después de ver la primera, quiere convertirse en un experto “aficionado”. Sus problemas con las mujeres mientras no toleraba a la novia de su buen amigo Scott Fitzgerald, Zelda, o cuando le robó la mujer a Pablo Picasso, Adriana, y se fue con ella rumbo África. No funcionó. Eso dicen. Deja atrás a su primera mujer, quien sin duda echó raíces a la carrera de E.H y se va con Pauline a África( a veces se puede perder la cuenta con los amores profundos, fieles y reales que el autor tuvo a lo largo de su carrera y vida) por el valle de Rift, y la orilla del Nilo, y el lago Vitoria, y las cataratas de Murchison… y consiguió una lata llena con agua de dichas cataratas. ¡Qué hombre tan afortunado! Y no por conseguir agua de Murchison, que bueno, también podemos entender que sí. Yo me llevo arena de cada playa preciosa que piso. Sino por haber vivido en ese París de los años 20, que no lo relata como en Fiesta o París era una fiesta, pero que se respira tanto como cuando entras en una casa que huele a Jengibre. Ese amor por Cuba y esa inexplicable razón de existir ahí. Se me hace tan cercano y compresible como para un español hablar de Madrid. Con su barco Pilar, construido para pescar en mar gruesa (mar muy agitado por las olas, que llegan hasta la altura de seis metros) podía llevar hasta siete personas. Hablamos de un barco de Cuba.
Hemingway me llevó por La Habana Vieja y el malecón, a través de Pilar por El Gran Río Azul, hace poco estuve, pero consiguió rememorarlo en mí.

Un libro al que le tape con la mano el nombre y el apellido y devoré con los seis sentidos, si es que existe ese sexto, para quedarme con ganas de más. E ir a Internet y buscar y buscar. Incluso inconscientemente cuando unos días después de haber finalizado el libro me pongo a ver Medianoche en París. Película en donde Ernest Hemingway sale en numerosas ocasiones. Y su mentora, Gertrude Stein, y Adriana. Una prosa tan fácil y asequible, y cercana, y arrolladora como la vida misma. Esas ansias de ver que hay en la siguiente página pero no saltarte la que estás leyendo porque te puedes perder cosas asombrosas. Así son los libros de uno de los personajes, novelistas, retratistas de todos los tiempos. Sí, de todos los tiempos.

Maria karla barca

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