Cuando la muerte es el descanso


 

ImageTítulo: El pueblo del abismo

Autor(es): Jack London

Lugar de edición: Madrid

Año de edición: 2003

Editorial: El Club Diógenes

Un lugar donde la alegría es oprimida por la tristeza. Un lugar donde la tranquilidad es sustituida por la mortalidad. Un lugar donde solo existe el miedo, donde solo existe el hambre, la suciedad, la mortalidad. Donde los niños no conocen la diversión, donde los adolescentes no conocen la calidez, donde los adultos no conocen la vida.

“Si esto es cuanto el mundo civilizado puede aportar a la humanidad, mejor volvamos a los aullidos y al gruñido, a desnudarnos y andar como salvajes. Es preferible vivir en las estepas y en los desiertos, en las cuevas y en los campamentos de los colonos, que hacerlo en el abismo”.

Ahí donde únicamente existen cadáveres andantes. Donde una madre, con su hijo en brazos, recorre de arriba abajo las calles, descalza, buscando algo que llevarse a la boca. La misma madre que, una vez en su hogar, en esa pequeña habitación inhumana, quita el cadáver que se encuentra sobre la cama, lo coloca sobre la mesa, ese lugar en el que al día siguiente come un minúsculo pedazo de pan duro de hace varios días.

Ahí donde únicamente existen huesos andantes. Donde un hombre, con sus venas infectadas de alcohol, recorre las calles que le vieron crecer, sin pantalones, con la camiseta roída por los ratones. De arriba a abajo. De abajo a arriba. Ese hombre que tuerce la esquina en busca de un banco donde dormir. Cuando por fin lo encuentra, la policía se encarga de echarlo. Un lugar donde los desamparados tienen prohibido dormir durante la noche. La ley de la supervivencia, donde sólo sobrevive el más fuerte. Y volvamos al hombre. Ese hombre que no conoce madre, que no conoce amante, que no conoce esposa, que no conoce descendientes. El mismo ser que espera con ansia la muerte, que desea estrecharla entre sus brazos.

Hablamos de ese lugar en el cual Jack London decide introducirse en el verano de 1902, los buenos tiempos de Inglaterra. ¿Y qué hay del East End? Sus amigos intentan impedírselo, sin éxito. Hablamos de un lugar invisible, pero existente. Un lugar donde pedir una habitación donde pasar unas horas es imposible si tus ropas están sucias. Pero, un lugar en el que pedir una habitación si sacas un billete del bolsillo es tarea sencilla. Ese pequeño espacio en algún lugar de Inglaterra donde la vida no vale nada. Despojos de la sociedad.

El pequeño niño sentado en el banquillo de los acusados. ¿Su delito? Robar dos chelines. Ellos le preguntan: “Por qué no le pediste a esa dama que te diera de comer, en vez de robarle?” Y la respuesta del chiquillo es directa, sencilla, sin contemplaciones, punzante: “Es que entonces me hubieran acusado de andar por ahí mendigando”.

Hablamos de un trozo de tierra insignificante del universo donde la esperanza para los jóvenes es nula. Ahí, donde el suicidio es la única salida. Esperar a la parca mientras se intenta dormir de día, comer las sobras de las mesas de las cafeterías (porque, “es increíble la cantidad de comida que se deja la gente en las mesas”), hacer cola para intentar dormir esa noche en un albergue, correr calle arriba, volver calle abajo y morir. East End. De ese lugar estamos hablando. Hablamos de El Fin.

Noemí Valderrama

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