“Las encantadas” de Herman Melville

Título: Las Encantadas: o islas encantadas

Autor: Herman Melville

Editorial: Artemisa Ediciones,

Año de edición: 2006.

 

Entre la publicación de Pierre y de su siguiente novela, Israel Potter, Herman Melville aceptará el encargo de escribir narraciones breves, aunque no sean especialmente cortas, para la revista Putman’s Monthly Magazine, una publicación que pagaba bien y tal vez por ese motivo acabó en bancarrota. Melville escribió Bartleby, él escribiente en 1853; Las Encantadas en 1854 y Benito Cereno en 1855, que se reunieron en el volumen titulado Piazza Tales en 1856.

Las Encantadas recogen las impresión de Melville de las islas Galápagos, en el Pacífico, cerca de Ecuador, que el escritor visitó hacia 1843. El lenguaje descriptivo que utiliza para recrear las islas es fuerte y crudo. En sus propias palabras la isla volcánica tiene el aspecto que debía tener el mundo <<tras el castigo de una conflagración>>, <<como hendidas calabazas de Siria que se seca al sol>>; de las tortugas terrestres, animales por los que siente una gran fascinación, fantasmas de los malditos atados a la tierra, nos dice que <<hay algo de auto condenación en el aspecto de estas criaturas. En ninguna otra forma animal se expresa de forma tan suplicante la constancia del dolor como ellas>>. Hay <<troncos caídos>> sembrando el suelo, <<pájaros carroñeros con anchos picos crueles como dagas>>.

El escritor, retirado ya en su casa de Pittsfield, en el estado de Massachussets, plasmó en diez textos un dibujo, breve y oscuro, del grupo de islas en el que unos años antes Charles Darwin formuló su famosa teoría de la evolución. Un terreno dominado por la naturaleza y envuelto por el misterio, refugio de animales centenarios, piratas y fugitivos, balleneros y personajes de leyenda.

Es posible que la revista esperara un reportaje más centrado en una descripción de las Galápagos, de su paisaje, de su clima, de su hábitat … Melville dedicó las página a la crónica de sus días embarcado cerca de las costas del archipiélago. Es cierto que acabó pisando las encantadas, pero pasó la mayor parte del tiempo en el barco en el que viajaba.

Bajo el seudónimo de Salvator T.Tarnmoor, quizá para que sus últimos fracasos no afectaran las ventas de esta obra, el escritor neoyorquino describe las islas como un paisaje desolador y muerto. Una visión opuesta a la de Charles Darwin, que había visitado las islas antes que Melville y cuyos diarios sirvieron de inspiración al escritor, aunque no es mencionado en la obra. Las referencias al juicio final de la Biblia aparecen en cada relato, ya sea dedicado a la geografía del terreno o a los habitantes del mismo.

De los diez relatos de la obra los cuatro primeros describen diferentes aspectos de las islas: detalles físicos; las tortugas gigantes (uno de los relatos está dedicado sólo las estos animáis, que las leyendas consideraban reencarnación de las almas de los condenados); la descripción del Roque Redondo, una torre natural de piedra que sirve de castillo a las aves; y un dibujo de las islas contempladas o imaginadas desde el Roque. Haciendo un uso perfecto de la narrativa cronológica, exprimiendo cada pequeño detalle el lector es capaz de hacerse una imagen mental exacta de los parajes de las islas encantadas.

Los relatos están basados en la contemplación de Melville y en mayor parte en las experiencias contadas por otros marineros. Estas historias giran en torno a dos centros: el misterio, que ensalza a la leyenda de las encantadas (el capítulo dedicado a la desaparición de la fragata americana Essex), y la piratería, los condenados. A los piratas y sus actividades les dedica párrafos y un capítulo entero centrado en su refugio de una de las islas.

Un refugio de la naturaleza reservado, por obra de Dios, a refugiar los misterios de la tierra y guardar las almas de los condenados. Unas islas donde ni siquiera un amante del mar como Herman Melville viviría.

 

Miguel Pérez Pérez

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