Lo que las sombras esconden

Título: Cortejo de sombras

Autor: Julián Ríos

Editorial: Galaxia

Lugar de edición: Barcelona

Fecha de edición: 2007

Son las 6 de la tarde de un día húmedo y gris. Cojo mi maleta grande y pesada y me bajo en la estación de un pueblo llamado Tamoga. Tamoga. Nunca había escuchado que un pueblo se llamase así. Sonaba como si se tratase de un lugar imaginario. Veo a un grupo de señoras sentadas en un banco de la estación. Me dirijo a ellas con paso vacilante. Les pregunto con voz insegura si conocen algún lugar en el que poder alojarse un par de días. Sus mirandas son desconfiadas y solo recibo una breve respuesta: “allí, al doblar la esquina”. Me dirijo al pequeño hostal y después de dar mi nombre a una señora bajita y malhumorada decido dar un paseo por las calles de Tamoga.

Tamoga, ese pueblo tranquilo de pocos vecinos en el que, sin embargo, no dejan de ocurrir cosas. Pido un cigarro y me paro a hablar con unos marineros que acaban de llegar al puerto. Es así como conozco los últimos sucesos ocurridos en el pueblo. Me entero de la historia de Mortes, un triste comerciante que sin saber como ni porque vino a pasar sus últimos días a Tamoga antes de desaparecer para siempre. También me cuentan lo que le ocurrió a la señora Andreini, una señora que vivía sola en su casa, teniendo como único contacto con la realidad unas borrosas fotografías y de la locura de Palonzo, ese mendigo que recorría las calles de Tamoga, mudo, silencioso y con un  brillo de locura en los ojos. El viento es demasiado frío en el puerto. Me despido de los marineros con una leve inclinación de cabeza y continúo mi camino por las calles silenciosas. Al final de lo parece una calle sin salida veo el letrero de un bar: Terranova rezan unas letras torcidas y descoloridas por el paso del tiempo y la humedad. Me siento en un sucio taburete al lado de la barra y pido una copa “de lo que sea”. Yo también necesito ahogar mis penas, al igual que el resto de los habitantes del pueblo. El tabernero me sirve una copa de algo marrón y bastante fuerte. No pregunto de qué se trata. “No este usted así hombre, esto no es nada comparado con lo que le pasó a Castillo” me dice con una sonrisa cómplice en los labios. Parece que tiene ganas de hablar, y yo dejo que me cuente la historia. Al parecer, el tal Castillo era el sastre del pueblo hasta que un día fue a “dar un paseo” y no regresó. Fue en esos tiempos en los que los rumores y la desconfianza se escondían en cada esquina de Tamoga, y en los que no se podía tener un hermano revolucionario. “Pobre Castillo, hace ya treinta años de lo ocurrido” sigue hablando el tabernero con un antiguo miedo en la voz “por eso no nos esperábamos que su hijo intentara saldar cuentas a estas alturas”. Estoy cansado. Parece que a mi acompañante se le han acabado las ganas de hablar así que pido la cuenta y salgo.

Me dirijo a mi  vieja pensión dispuesto a tomar una cena ligera. Al llegar veo que tengo preparada una mesa en la esquina del pequeño comedor. Mi mirada perdida, se dirige hacia el resto del local. Solo un par de señores jugando su habitual partida me acompañan. La vieja señora que había anotado mi nombre al entrar me da una carta que solo cuenta con cuatro platos entre los que escoger. Ahora no parece tan malhumorada e intenta entablar conversación. “No son muchos los que pasan por Tamoga, aunque no me extraña después los sucesos que aquí ocurren” dice intentando atraer mi curiosidad. No me lo puedo creer. No quiero escuchar más historias sobre los tristes habitantes de este pueblo, pero la señora ha empezado a hablar y sería grosero pedirle que se callase. Me cuenta así la historia de dos hermanos que vivían juntos, inseparables hasta que una joven muchacha llegó a la casa. También me cuenta bajando el tono de voz lo que le pasó al notario del pueblo, durante los tres minutos en los que su familia creyó perderlo para siempre. Asiento con la cabeza y elijo el primero de los platos, casi sin saber de que se trata. He decidido que no quiero pasar la noche aquí. Después de la cena cojo mi maleta, pago la cantidad correspondiente y me dirijo a la estación.

Ya es de noche, me subo al tren. Tenía pensado pasar más de un día en este lugar de paso, pero no aguanto más en Tamoga. Este pueblo de personajes tristes, abatidos, locos algunos,  mayores otros que esconde entre sus calles las sombras de sus vecinos y nos desvela sus secretos, sus defectos y alguna que otra virtud. Me pongo a pensar y recuerdo cuando leí Cien años de soledad, una de las grandes obras de Gabriel García Márquez. Sin duda, Tamoga al igual que Macondo también nos desvela las historias de sus habitantes siendo la propia Tamoga uno de los personajes de la historia.

El revisor me toca el hombro y me pide el billete del tren. Suena un pitido lejano y el vagón empieza a moverse. Vamos dejando atrás Tamoga y a sus habitantes. Me quedo dormido enseguida y en mi vigilia pienso en el lugar que acabo de dejar atrás. Mi mente de escritor se pone en marcha. Podría escribir una crónica sobre Tamoga, pero no sería una crónica cualquiera. Sería una crónica digna de los mejores periodistas que nos desvelaría con gran precisión las sombras que se esconden entre las tristes calles de este pueblo. Lo presentaría como un conjunto de relatos cortos en los que cada relato se correspondería con cada una de las historias que conocí en mi breve visita, teniendo siempre a Tamoga como telón de fondo. Hace frío y tengo ganas de dormir. Quizás lo haga, o quizás no, pero ahora yo también debo seguir mi camino.

 

Claudia Cid Nieto

 

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